
Hay días en los que podemos responder a casi todo.
Trabajamos, resolvemos problemas, cuidamos de otras personas, tomamos decisiones y vamos afrontando los imprevistos que aparecen. Puede que terminemos cansados, pero seguimos teniendo una cierta sensación de capacidad. Sentimos que, aunque el día haya sido intenso, todavía podemos sostenerlo.
Y hay otros días en los que algo mucho más pequeño parece desbordarnos.
Un mensaje ambiguo.
Una conversación incómoda.
Un cambio de planes.
Que algo se rompa en casa.
Que alguien tarde más de lo habitual en responder.
O simplemente tener que tomar una decisión más.
Entonces aparece una pregunta que suele venir acompañada de bastante juicio: “¿Cómo puede ser que esto me esté afectando tanto?”
Muchas personas se enfadan consigo mismas en esos momentos. Piensan que están exagerando, que deberían poder controlar mejor su reacción o que no tiene sentido sentirse así después de haber atravesado situaciones aparentemente mucho más difíciles.
Sin embargo, para comprender una reacción emocional no basta con observar el tamaño de lo último que ha ocurrido.
También necesitamos preguntarnos con cuánta capacidad contaba el sistema nervioso cuando eso sucedió.
No reaccionamos solo al presente
Nuestro sistema nervioso no responde únicamente a los acontecimientos de manera aislada. Responde a la relación entre la demanda que aparece y los recursos disponibles para afrontarla en ese momento.
Por eso una misma situación puede afectarnos de manera muy diferente dependiendo del día.
No tenemos siempre la misma energía.
No dormimos igual.
No sostenemos el mismo nivel de incertidumbre.
No contamos siempre con el mismo apoyo.
Tampoco se encuentra nuestro cuerpo en las mismas condiciones.
La capacidad disponible puede verse reducida por el cansancio, el estrés acumulado, la enfermedad, el dolor, los conflictos relacionales, la sobrecarga laboral o la sensación prolongada de tener que llegar a todo.
También influye nuestra historia.
Cuando hemos vivido experiencias de abandono, amenaza, imprevisibilidad o estrés intenso, el sistema nervioso puede aprender a anticiparse con rapidez. No espera a tener una certeza absoluta para reaccionar. Integra señales del cuerpo, del entorno y de experiencias anteriores, y trata de predecir qué puede ocurrir.
Esta capacidad de anticipación cumple una función protectora.
El problema aparece cuando los mapas construidos en otros momentos de nuestra vida siguen organizando nuestra respuesta en situaciones que ya no son iguales.
La última piedra no siempre explica el peso de la mochila
Podemos imaginar la capacidad del sistema nervioso como una mochila.
No todas las mañanas esa mochila comienza con el mismo peso.
Hay días en los que hemos descansado, nos sentimos acompañados y tenemos cierta sensación de estabilidad. En esos momentos contamos con más margen para afrontar las demandas cotidianas.
Pero otros días nos levantamos ya sosteniendo preocupaciones, decisiones pendientes, dolor físico, cansancio, conversaciones difíciles o una sensación constante de urgencia.
La mochila empieza el día medio llena.
A partir de ahí, la vida continúa añadiendo pequeñas piedras:
responder mensajes, cumplir horarios, tomar decisiones, cuidar de otras personas, tolerar el ruido, gestionar interrupciones, anticiparnos a lo que los demás necesitan o intentar hacerlo todo correctamente.
Cada una de esas demandas, por separado, puede parecer pequeña.
Pero el sistema nervioso no las procesa como acontecimientos completamente independientes. Las va acumulando.
Y entonces llega una piedra más.
Puede ser una crítica, un cambio inesperado o una petición que, vista desde fuera, parece insignificante. Sin embargo, esa última situación no cae sobre una mochila vacía. Cae sobre todo lo que ya se venía sosteniendo.
Por eso muchas veces no reaccionamos únicamente a lo que acaba de ocurrir.
Reaccionamos también a lo anterior.
Cuando la exigencia habla más alto que el cuerpo
Muchas personas han aprendido a interpretar el cansancio, la saturación o la necesidad de parar como una debilidad.
El descanso aparece entonces como algo que hay que ganarse.
Primero hay que terminar.
Primero hay que cumplir.
Primero hay que responder a todo el mundo.
Primero hay que hacer un poco más.
Este funcionamiento puede mantenerse durante mucho tiempo porque, en determinados contextos, resulta eficaz. Nos permite producir, resolver y continuar.
Pero también puede alejarnos progresivamente de las señales corporales.
No siempre se trata de que no queramos escuchar al cuerpo. A veces hemos aprendido a escuchar mucho más a la exigencia que a nuestras propias necesidades.
El problema es que el cuerpo suele hacerse visible cuando ya ha tenido que elevar mucho el volumen.
La irritabilidad, el bloqueo, la ansiedad, el agotamiento, la dificultad para concentrarse o la sensación de no poder con nada pueden aparecer después de haber ignorado señales más sutiles durante días, semanas o incluso meses.
Escuchar antes no siempre evita el malestar, pero puede ayudarnos a intervenir antes de llegar al límite.
Escuchar al cuerpo no significa obedecer cada impulso
Aquí es importante introducir un matiz.
Escuchar al cuerpo no significa que debamos hacer automáticamente todo lo que sentimos.
Nuestro sistema nervioso intenta protegernos, pero protección no siempre equivale a precisión.
Podemos imaginarlo como una alarma de incendios. Su función es avisar antes de que el peligro sea evidente. Para cumplir esa función, en ocasiones puede activarse porque se han quemado unas tostadas.
No está “rota”. Está priorizando la seguridad.
Algo parecido puede ocurrir con nuestras respuestas emocionales.
Una persona que ha vivido relaciones impredecibles puede sentir una amenaza intensa cuando alguien tarda en contestar.
Quien ha aprendido que necesitaba controlar el entorno para mantenerse a salvo puede experimentar mucho malestar ante la incertidumbre.
Una persona que ha atravesado situaciones traumáticas puede activarse ante señales que guardan alguna semejanza con lo ocurrido, aunque en el presente no exista el mismo peligro.
Esto no significa que esté exagerando.
Tampoco significa que toda sensación de amenaza describa con exactitud lo que sucede ahora.
Podemos sostener ambas cosas al mismo tiempo: la reacción tiene una historia y una función, pero eso no obliga a que continúe organizando nuestra vida de la misma manera.
Podemos respetar la protección sin quedar atrapados en ella.
A veces necesitamos parar; otras veces, acercarnos
Cuando aparece el desbordamiento, no siempre necesitamos la misma respuesta.
En ocasiones el sistema está realmente saturado y necesita reducir carga. Descansar, bajar el ritmo, disminuir estímulos, pedir ayuda o poner un límite puede ser la intervención más adecuada.
Pero otras veces retirarnos de aquello que nos activa refuerza el miedo.
La evitación suele producir alivio inmediato. El cuerpo interpreta que ha salido de la situación y la activación disminuye. Sin embargo, a largo plazo, esa misma retirada puede confirmar la idea de que aquello era peligroso y de que no contábamos con recursos para afrontarlo.
Por eso escuchar al cuerpo no significa evitar siempre.
A veces significa permanecer.
Acercarnos de forma gradual.
Comprobar que la activación puede subir y después bajar.
Descubrir que hoy tenemos opciones.
Que podemos pedir ayuda.
Que podemos poner límites.
Que podemos salir de una situación si realmente lo necesitamos.
Que no estamos en el mismo lugar ni contamos únicamente con los recursos que teníamos entonces.
El cambio no suele ocurrir forzándonos a soportar lo insoportable. Tampoco protegiéndonos de cualquier experiencia que active malestar.
Suele construirse en una distancia tolerable: suficiente para que haya aprendizaje, pero no tanta como para que el sistema vuelva a experimentar impotencia.
Comprender ayuda, pero no siempre transforma
Podemos entender perfectamente de dónde viene nuestro miedo y seguir sintiéndolo.
Podemos saber que una persona no es quien nos hizo daño y notar, aun así, cómo el cuerpo se prepara para defenderse.
El conocimiento es importante.
Nos permite organizar la experiencia, reducir confusión y comprender que muchas reacciones no aparecen porque haya algo defectuoso en nosotros.
Pero el sistema nervioso necesita algo más que explicaciones.
Necesita experiencias nuevas.
Necesita vivir, de forma repetida, que puede activarse y recuperarse.
Que puede poner un límite sin ser abandonado.
Que puede acercarse sin perderse.
Que puede descansar sin que todo se derrumbe.
Que puede recibir apoyo sin tener que justificar permanentemente su necesidad.
A esta capacidad de cambio la relacionamos con la neuroplasticidad. Pero la neuroplasticidad no implica transformaciones inmediatas ni garantiza que una comprensión aislada modifique años de aprendizaje.
El cambio suele ser gradual.
Se construye mediante experiencias repetidas de seguridad, conexión, regulación, límites y afrontamiento.
No se trata únicamente de aprender a calmarnos.
Se trata de desarrollar flexibilidad.
Poder activarnos cuando necesitamos actuar.
Poder detenernos cuando necesitamos descansar.
Y poder regresar después a un estado de mayor equilibrio.
El autocuidado también puede convertirse en exigencia
En los últimos años hemos aprendido a hablar mucho más de autocuidado.
Eso ha permitido visibilizar necesidades que durante mucho tiempo fueron ignoradas. Sin embargo, también existe el riesgo de convertir el cuidado en una nueva lista de obligaciones.
Dormir bien.
Hacer ejercicio.
Meditar.
Comer correctamente.
Escribir.
Respirar.
Pasear.
Gestionar las emociones.
Establecer límites perfectos.
Podemos acabar intentando reparar el agotamiento añadiendo más tareas.
Por eso cuidar la capacidad no siempre empieza por hacer más.
A veces empieza por observar dónde se está yendo nuestra energía.
No solo nos desgastan los grandes problemas. También consumen capacidad algunos esfuerzos más silenciosos:
estar disponibles permanentemente, revisar una y otra vez si hemos hecho algo mal, anticiparnos a las necesidades de los demás, sostener conversaciones pendientes, asumir responsabilidades que no nos corresponden por completo o intentar alcanzar una perfección imposible.
En ocasiones aumentar nuestra capacidad no significa hacernos más fuertes.
Significa dejar de cargar solos con todo.
La regulación también ocurre en relación
El sistema nervioso humano no se regula únicamente en soledad.
Desde el nacimiento aprendemos a calmarnos, orientarnos y comprender lo que sentimos a través de la relación con otras personas.
Por eso una mirada tranquila puede cambiar la manera en la que vivimos una situación.
Por eso sentirnos escuchados puede reducir parte de la carga.
Y por eso sostenerlo todo solos durante demasiado tiempo disminuye nuestra capacidad.
Pedir ayuda no es necesariamente una muestra de debilidad.
En muchas ocasiones es una forma adulta de reconocer nuestra naturaleza relacional.
No siempre necesitamos que alguien resuelva lo que nos ocurre. A veces necesitamos no atravesarlo en soledad.
Una vida sostenible, no una vida sin demandas
Vivir implica demandas.
Trabajar, cuidar, tomar decisiones, iniciar un proyecto, mudarnos, enamorarnos o mantener una conversación íntima moviliza al sistema nervioso.
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Incluso las experiencias que deseamos necesitan capacidad.
La ilusión también activa.
La alegría también ocupa espacio.
Lo bueno también necesita ser sostenido.
Por eso el objetivo no consiste en construir una vida completamente libre de demandas. Tampoco en convertirnos en personas capaces de soportarlo todo.
Se trata de cuidar la relación entre lo que la vida nos pide y los recursos con los que contamos.
Cuando la distancia entre ambas cosas es demasiado grande, quizá necesitemos reducir carga, recuperar energía o buscar apoyo.
En otros momentos, necesitaremos acercarnos gradualmente a aquello que hemos evitado para ampliar nuestras posibilidades de respuesta.
La pregunta no es únicamente cuánto podemos aguantar.
La pregunta es qué necesita nuestro sistema para responder con más flexibilidad.
Una pregunta diferente
La próxima vez que algo aparentemente pequeño te desborde, quizá puedas intentar no convertir tu reacción en una prueba de que hay algo mal en ti.
por qué hay días en los que todo nos supera
En lugar de preguntarte:
“¿Por qué soy así?”
puedes probar con otras preguntas:
¿Cómo estaba antes de que esto ocurriera?
¿Qué llevaba sosteniendo?
¿Cuánto margen tenía realmente?
¿Necesito descansar, pedir ayuda o poner un límite?
¿O necesito dar un paso pequeño que permita a mi sistema descubrir que hoy puede responder de otra manera?
No siempre encontraremos una respuesta inmediata.
Pero empezar a observarnos con curiosidad, en lugar de hacerlo desde el juicio, ya modifica la relación que tenemos con nuestra experiencia.
Cuidar nuestra capacidad no significa vivir una vida más pequeña.
Significa intentar construir una vida más sostenible.
Una vida en la que podamos reconocer cuándo necesitamos aligerar la mochila y cuándo contamos con margen para dar un pequeño paso más.
No para demostrarnos que podemos con todo.
Sino para ampliar nuestra capacidad de vivir, vincularnos, sentir y también disfrutar.
Escucha el episodio completo
En este episodio de El Baúl de Psicología profundizo en la relación entre las demandas cotidianas, el estrés acumulado y la capacidad disponible del sistema nervioso.
Hablamos de regulación emocional, trauma, evitación, descanso, autocuidado y de por qué escuchar al cuerpo no siempre significa detenernos.
🎙️ Episodio 8: ¿Por qué hay días en los que todo nos supera?
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